Tzintzuntzan, el lugar donde reposa el legado prehispánico tarasco

Pensar en el legado prehispánico de México es remitirse a las grandes pirámides que se yerguen en varios estados de la República, a los coloridos códices que lograron salvarse de la destrucción de nuestros colonizadores, a las majestuosas esculturas que representan a las deidades de los pueblos indígenas que alguna vez poblaron los tan variados ecosistemas de nuestra tierra.

Casi siempre lo tangible o lo más visible es lo que recordamos y tomamos en cuenta, pero ese pasado prehispánico también se encuentra escondido y está presente en lo inmaterial. Son vestigios que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, gracias a que lograron engarzarse con tradiciones, ideas y creaciones (arquitectónicas, escultóricas, pictóricas…) de la España católica que llegó a conquistar y a evangelizar. Y quizá también lograron permanecer por la terquedad de algunos de nuestros antepasados, que no cedieron tan fácilmente ante el conquistador.

Tzintzuntzan, considerado pueblo mágico desde 2012 y antigua capital del imperio tarasco, es uno de esos lugares que guarda mucho de nuestro legado prehispánico, aunque hoy en día sus calles empedradas, sus casas de teja colorada y construcciones coloniales como el convento de San Francisco nos remitan más a aquella época en la que los españoles ya estaban asentados en la región.

Este “lugar de colibríes” (significado de su nombre) mantiene su lengua (purépecha), costumbres y tradiciones indígenas, las cuales van desde la danza de los paloteros hasta el ritual de velación en el panteón el Día de Muertos. De hecho, es por este ritual que muchos turistas, nacionales y extranjeros, lo visitan: cada 1 de noviembre, el aire se llena del aroma de la flor de cempasúchil y las tumbas del panteón de Tzintzuntzan son decoradas con comida, flores, veladoras y otros elementos característicos de la fecha. 

Pero también, en este sitio descansa la Zona Arqueológica Yácatas, que guarda los enigmas del imperio tarasco, pues conformaba un antiguo centro ceremonial. Según el INAH:

“La antigua ciudad de Tzintzuntzan se construyó mediante amplias terrazas y grandes plataformas que se van acomodando en las laderas de los cerros Yarahuato y Tariaqueri, sobre las que se desplantaron sus casas y edificios religiosos y administrativos.

En esta ciudad habitaron los Señores Uacúsechas –Señores Águila-, líderes de este importante señorío quienes a través de una dinastía hereditaria lo gobernaron. Tzintzuntzan fue una ciudad que contenía los espacios rituales más importantes, plazas y yácatas (basamentos piramidales), además de ser residencia real del Irecha o Cazonci”.

De entre las características de estas construcciones, resaltan los janamus, “lozas que fueron empotradas tanto en las pirámides de la zona arqueológica como en el convento franciscano de la localidad. Son piedras de basalto pulidas y cortadas con precisión en ángulos rectos y formas rectangulares” (Hernández Díaz, V. “Los janamus grabados de Tzintzuntzan Michoacán”, artículo consultado en https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=36908910).

Se presume que estas piedras, que antes decoraban las pirámides de su centro ceremonial, fueron incorporadas por los propios tarascos en el convento de San Francisco, así que son un ejemplo más del reúso de obras prehispánicas en los edificios novohispanos.

Según el artículo mencionado, los janamus que revisten las yácatas y partes del convento presentan en su mayoría diseños abstractos: espirales, círculos, líneas onduladas alargadas, reticulados, geométrico-figurativo (flor, estrella, letra A) y antropomorfo.

Estos diseños han sido retomados por los pobladores del pueblo para vestir sus artesanías, principalmente las pertenecientes a la alfarería. Así que las piezas artesanales de este lugar (otro de sus grandes atractivos) también forman parte de ese legado prehispánico, porque están inspiradas en esos vestigios, materiales e inmateriales, que el tiempo no ha podido diluir. Gracias a las manos de los artesanos, los janamus han podido abandonar las paredes que revisten y adornar otros lugares no sólo de México, sino también del mundo.

Así es Tzintzuntzan, un pueblo de calles empedradas y rodeado por un bosque de cedros, encinos y pinos; un pueblo que resguarda parte de nuestro legado prehispánico.

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