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Los inconquistables purépechas

Habitaron gran parte de lo que hoy es el estado de Michoacán, así como algunos valles de Guanajuato y Jalisco. La cultura purépecha se desarrolló entre el año 1200 y 1521 d. C., y se cree que fueron resultado de la mezcla de pueblos nómadas y sedentarios que ya estaban asentados en Michoacán.

En el libro de la Relación de Michoacán se cuenta que el fundador de la estirpe purépecha fue el rey Tariácuri, quien decidió dividir el imperio en tres grandes señoríos, que fueron ocupados por uno de sus hijos y dos sobrinos, respectivamente. Así nacieron las tres grandes ciudades purépechas: Tzintzuntzan, que se quedó como la capital; Ihuatzio y Huandacareo.

Situada al poniente, en el lugar donde muere el sol, Tzintzuntzan estaba formada por cinco yácatas con un entramado de terrazas integradas al paisaje. A dicha construcción, solamente podían subir las personas de más alto rango (nobles, guerreros y sacerdotes) y, bajo ella, también en el poniente, se asentaba el resto del pueblo, que veía como el sacerdote principal (petámuti) ascendía a las yácatas para realizar ofrendas.

A diferencia del amplio panteón que los mexicas tenían, se piensa que los purépechas solamente contaban con dos dioses principales: Curicaueri, dios creador que representaba al fuego, y Cuerauáperi, diosa madre que controlaba la vida, la lluvia, la muerte y la sequía.

Se cree que la yácata principal de Tzintzuntzan estaba dedicada al dios creador Curicaueri y las otras cuatro a sus hermanos, así que esto simbolizaba las direcciones del mundo: Norte, Sur, Centro, Este y Oeste.

De esta ciudad, también destacan los janamus, lozas con diseños abstractos que fueron empotradas en las pirámides y que, más tarde, fueron colocadas (solo algunas de ellas) en el convento franciscano de la localidad.

El legado de los purépechas

Los enemigos eternos del reino purépecha fueron los mexicas, con quienes libraron constantes enfrentamientos, ya que estos atacaban las poblaciones tarascas con el fin de expandir su dominio; sin embargo, nunca pudieron someterlos.

Y aunque no hubo un claro ganador entre ambas culturas, los purépechas vieron como su reino estaba a punto de llegar a su fin cuando los mexicas fueron vencidos por los conquistadores españoles. Esto les hizo ver que, todo aquello en lo que creían no tenía ninguna fuerza ni relevancia. Su religión entró en crisis y ellos terminaron cediendo.

“De acuerdo con Le Clezió, sucumbieron ante su propia fe. Creían tanto en ella, que cuando sus dioses claudicaron, cuando dejaron de surtir efecto, se dieron por vencidos. Los purépechas no cayeron ante sus adversarios, sino ante sus propias creencias”.

Juan Villoro, en “Michoacán, el reino inconquistable”, programa Piedras que hablan.

Pero el legado tarasco aún sobrevive. No solo está en las zonas arqueológicas que se constituyen por lo que quedó sus ciudades, sino que también está presente en sus descendientes: la comunidad purépecha actual mantiene vivas sus tradiciones, su lengua y su legado artesanal.

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