La buena voluntad en una bolsa de henequén

Una comunidad rodeada de vegetación; llena de música; con caminos empedrados, de tierra; con solamente algunas casas a la vista. Ahí, en ese pequeño lugar cercano a Izamal, el pueblo amarillo de Yucatán, se encuentra el hogar y taller de Minelia, artesana que trabaja el henequén desde hace ya algunos años, pero que aprendió a tejerlo desde que era una niña.

Encontrar la creatividad y destreza de Minelia no fue fácil. Para dar con las manos de quienes hacen las bolsas de henequén, que muchas tiendas y boutiques exhiben en Mérida, hubo que indagar.

“Nosotros”, contestaba el personal de estos lugares a la pregunta de quién hace este trabajo, pero inmediatamente se evidenciaban: su desconocimiento del proceso de elaboración delataba su mentira. Comerciantes de artesanías hallamos muchos; artesanos, ninguno.

De ahí hubo que pasar la búsqueda a la industria textil (gracias a una amiga de Yucatán), y fue entonces que comenzamos a dar con quienes verdaderamente tejen el henequén. Uno nos llevó a otro, hasta que encontramos a un hombre proveniente de Izamal… O al menos, eso nos decía. “Yo siempre digo que soy de Izamal, porque mi comunidad no la conoce nadie”.

Y en ese lugar conocido por nadie, es donde Minelia teje, tiñe, crea.

Del recelo a la amistad

Fue una gasolinera el punto de encuentro con el esposo de Minelia, quien se encarga de la comercialización de las artesanías. Él nos guío hasta su humilde taller: un predio circundado por malla ciclónica, en el que hay árboles frutales y una construcción conformada por dos cuartos grandes y una terraza. Ahí, la artesana teje las fibras del henequén con unos troncos que tienen clavos y las tiñe en un cazo que calienta en un fogón.

También hay una máquina de coser, con la que hace el acabado de las bolsas (coserla alrededor, la única parte del proceso en que usa esta herramienta), una vitrina con algunos de sus productos listos para vender y un cuarto que usan como bodega de materia prima y otros materiales.

Eso sí, el lugar rebozaba de tensión cuando llegamos. Aunque explicamos al esposo de Minelia cuál era nuestro propósito (ampliar la comercialización de sus artesanías, pagándoles el precio justo por su trabajo), ellos desconfiaban. Y ese recelo se sentía más de parte de ella. Explicaciones escuetas, silencios largos y miradas cautelosas. Pero a esa plática cortante y en modo defensivo, logramos darle la vuelta demostrándoles que verdaderamente nos interesaba su historia de vida.

Y así las preguntas se fueron respondiendo, la confianza, surgiendo. Al final, logramos tender el puente.

Retorno a las raíces

Minelia aprendió a tejer de su madre cuando era niña; pero al volverse una adulta, decidió dejar a un lado ese conocimiento porque no estaba muy convencida de querer dedicarse a eso, así que terminó por trabajar en la industria textil de Mérida.

Como obrera, las jornadas laborales eran extensas, su salario bajo y los traslados de su comunidad a la capital yucateca se comían tanto su tiempo como su dinero. La situación comenzaba a hacerse insostenible, por lo que, cansada, decidió abandonar todo y regresar a esas raíces de las que antes había renegado.

Retomó el tejido de bolsas de henequén y pronto empezó a innovar en los diseños, lo que provocó que voltearan a verla: el gobierno del estado de Yucatán la ha invitado a concursos en los que ha ganado reconocimientos más de una vez; asimismo, ha asistido a expos en las que asegura “siempre vendo todo lo que llevo. Ahora soy la más feliz y agradezco a mis padres que me hayan enseñado esto. Me gusta mucho lo que hago”.

La confianza que Minelia y su marido terminaron por brindarnos se reflejó en la amabilidad y alegría con la que nos mostraron su comunidad y el proceso que siguen para hacer las bolsas de henequén. Además de mostrarnos su taller, nos llevaron al campo de la hacienda henequenera a la que le compran la materia prima. Una hacienda cuya bonanza es sólo un recuerdo, con muros altos, ruinosos, a los que a nadie ya parecen importarles.

Ahí nos enseñaron cómo seleccionan las pencas de henequén, para luego llevarlas a donde las procesan: las máquinas las destrozan hasta volverlas hilos… Tras conocer el proceso y el lapso que lleva hacer una sola bolsa (de dos a tres días), se comprende la decepción que artesanos como ellos viven cuando un comprador solicita un determinado número de productos en tiempo récord y termina molesto al ver que no se cumplen sus expectativas en cuanto a fechas de entrega.

“No son productos hechos en serie. Uno no es igual a otro y su elaboración lleva tiempo y esfuerzo”.

Llueve. Hace ya unas horas que nos despedimos de nuestros amigos artesanos y arribamos a Izamal. Nos llega un mensaje al celular: “Que tengan un buen viaje. Les mandamos muchas bendiciones”.

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